18 de diciembre de 2009

La Base

Sheer Glow de Nars...
No es un tarro de maquillaje, no: es una botellita mágica, pura luz embotellada. Con ella, la piel queda sublimada, corregida, ligera, pulposa, fresca...
¿Natural? El término natural aplicado a un fond de teint es algo confuso, porque evoca una transparencia de agua en la piel y, a veces, no requerimos eso de una base sino algo más de cobertura... Un maquillaje que te haga parecer no maquillada a mí me parece una tomadura de pelo. ¿Quién desea aparecer, después de haberse afanado ante el espejo, con sus brillos naturales, sus rojeces naturales y sus manchas, naturales también? La pintura deber tener un poco de disfraz, en su justa medida, su dosis de cartón pintado, como dijo del teatro uno de mis profesores en alguna ocasión.




La naturalidad que consigue la Sheer Glow es el justo medio que tanto predicaban los autores clásicos: logra tapar rojeces pero no taparía pecas pronunciadas, esas pecas a lo Gwyneth Paltrow que no hay que esconder sino potenciar. Y, lo que para mí es más importante: es libre de aceites pero confortable al mismo tiempo, se funde con la piel, se aplica de maravilla.
Dura mucho, a mí me aguanta de nueve de la mañana a cinco de la tarde, o sea, mi jornada de trabajo. Luego, en casa, me hago algún retoque, entre otras cosas porque me pinto los ojos de otra manera, con aires de jungla y no de niña recatada.

Escoger bien el tono es algo muy importante: en Nars siempre os probarán dos o tres diferentes y podréis contrastarlos, porque la verdad, equivocarse en diecisiete euros duele, pero hacer una mala elección cuando hablamos de cuarenta y cinco es algo duro... Siempre aconsejan salir a la luz natural pero yo no voy a ser farisea: debo reconocer que no lo hice. En primer lugar porque fui a comprar durante el día, y en segundo porque me fié plenamente de la maquilladora, que me probó el tono Deauville, y de Kitty, que me acompañaba y asentía: era mi tono. Y sí que lo es. El Fiji que me compré en Pozuelo hace un año es demasiado oscuro para mí, además de que la Oil free Foundation que ahora han retirado no era ni la mitad de magnífica que la Sheer Glow que acaban de traer.

Entonces me dolió el desembolso, y ahora hubiera pagado gustosa hasta diez euros más. Si me dicen que vale cincuenta y cinco, lo creo.

14 de diciembre de 2009

Por fin una entrada sobre... ¡¡¡LUSH!!!

He tardado, pero aquí estoy. Tenía ganas de volver a ver "en persona" una tienda Lush antes de hacer una buena crónica sobre esta marca que se ha convertido en fetiche para mí.
Yo era una de esas personas sencillas que no usan muchos potingues para el cuerpo: colonia de garrafón (Dulces sueños de Jonsons baby), un poco de Nivea cuando la piel me pedía agua a gritos y a correr. Me chiflan desde siempre los "baños gozosos", como los llamamos en mi casa: la bañera llena de espumita, agua caliente, un par de revistas y media hora en pleno éxtasis. Pero para aromatizar el agua me conformaba con el gel Moussel, que crea verdaderas pompas de jabón y me hace cosquillas en la memoria...
He dicho "era". Es imposible asistir a una demostración de cómo funciona una burbuja Lush y continuar pensando en el gasto energético mientras te bañas. Que se fastidie Al Gore. Reciclaré la basura, buscaré hogar a los gatos abandonados, seguiré comprando mantecas corporales en The Body Shop... Seré buena. Pero el sábado por la mañana, mi bañera rebosará.
Lush... lujuria desbordante. Cosmética fresca hecha a mano. Artesana y ecológica. Lo primero que me gustó de ellos es su concepto de productos sólidos: no sólo jabones, sino champús, desodorantes y cremas corporales. Y sales de baño en pastilla también, porque ¿qué otra cosa son las burbujas sino un bloque monolítico de deliciosas sales de baño?
 


Pero lo que de verdad me arrebata de Lush son sus jabones. Huelen a chuches. Cariño he lavado a los niños huele a miel y a toffee, a caramelo delicioso. La madrina huele exactamente a esas tiras de pica pica con sabor a fresa que solía consumir por kilos durante los veranos de mis nueve, diez, once años en Maestu.
Y, por último, las burbujas. Las conocí en mi última visita a madrid, junto a la dueña del blog Mil Caprichos.A Kitty le fascinaron, y es que son como para embrujar a cualquiera. La dependienta nos hizo una demostración: desmenuzó un poco de una cuyo nombre no recuerdo en un bol amplio y hondo, de cristal. Con una jarra, de cristal también, fue vertiendo un buen chorretón de agua sobre la media burbuja pulverizada. El resultado fue una intensa espuma rosa y un olor riquísimo. Nos convenció. Y nos acabó regalando a ambas la burbuja Mamá. El trato no pudo ser mejor, si tenemos en cuenta que yo gasté unos doce euros (en el jabón y el champú), y Kitty unos tres en una burbuja con olor a manzana.
Y, con este sencillo gesto, nos terminó de enamorar.
 

8 de diciembre de 2009

¡¡¡Voy a conocer a Kitty!!!

Este blog tiene una característica especial: las tres mujeres que lo escriben no se han visto nunca las caras.
La autora del blog soy yo, pero Benita y Kitty colaboran conmigo y hacen que este blog sea algo mucho mejor.

Benita vive en Santander y empezó a leer mi blog gracias al laberinto de los enlaces: desde Pensar por libre saltó a mi cuarto de estar. En él me preguntaba de vez en cuando alguna cosa relacionada con la cosmética: que si cuál es el mejor tónico, que si un contorno de ojos, que si un colorete bonne mine..., siempre en un lenguaje que creamos entre las dos, lleno de risas, mitad chulesco mitad pijo, intercalando osssssseas algo impostados porque ni ella ni yo estamos habituadas en nuestra vida real a decir "o sea"...
Hace casi un año, era diez de diciembre de dos mil ocho. Yo estaba en la biblioteca Nacional de Madrid terminando una edición para escolares de La vida es sueño que luego me publicaría Fidel Villegas en los libritos de Altair, y entre manuscrito princeps y manuscrito de Vera Tassis decidí conectarme un rato a la red para descansar en el famoso cuarto de hora de las seis de la tarde.
Fue entonces cuando recibí un comentario de Benita en el que decía osea, qué bien me ha venido el tónico multifunción de Carla Bulgaria Roses Beauty que me has recomendado. Osea, le respondí yo, te lo juro por un canguro, cómo me alegro tía, jo tía... Es decir, claramente en plan desbarrile producido por un exceso de investigación calderoniana. Y ella contestó en el mismo tono y se me encendió la bombilla esa de los tebeos, amarilla con rayos alrededor: ¿por qué no abro un blog divertido sobre makimarujeos, y lo compartimos?
Lo que nació en plan chirigota pronto se convirtió en algo más serio, porque la duda existencial entre elegir un rimmel clásico u otro en color berenjena no es para tomársela a risa, pero en los comentarios permanece ese espíritu de comedia ligera, y aunque se haga de rogar a veces, los regresos de Benita al blog son siempre deslumbrantes.

A Kitty la conocí gracias a la edición web de Telva y al blog de Mamen Infante, que nos nominó a ambas al mismo premio "meme". Y ambas sentimos la misma curiosidad por cotillear un poco en el blog vecino, el afortunado copropietario del premio.
Su página me fascinó. Ha logrado darle esa penumbra de luz de vela que tanto desea para su propia casa. A menudo recomienda cremas que para mí están aún prohibidas, La Mer, Sisley, Dyptique... Pero en esos casos, como diría una amiga de mi familia, me dedico a "educar el gusto" leyéndola, que también hace mucha falta. No recuerdo cuándo saltamos de la red a los teléfonos, imagino que pronto.
Desde entonces hablamos, hablamos, hablamos, y cada una de nuestras conversaciones me alegran el día. Kitty es radiante, chispeante, forma parte de esa mitad del planeta que brilla.

Hoy viajo a Granada, a un congreso de escritores y editores. Pero en el fin de semana me escaparé a ¡Madrid! Y por fin voy a conocerla. Pasearemos entre los corners de Mac, Nars y Benefit mientras hablamos, hablamos, hablamos... Prometo crónica, aquí, a la vuelta.

5 de diciembre de 2009

Taj Sultana: embrujo árabe

Ha llegado a mi casa el primer pedido que hice de esta marca ecológica y artesana.
Se promocionan como "alta cosmética natural", pero por una vez en la vida el adjetivo alta no significa precios desorbitados sino calidad insuperable.

No he hecho ningún estudio exhaustivo, pero por lo visto la lleva una mujer marroquí que reside en España y elabora con sus manitas recetas cosméticas tradicionales de su cultura. Viaja mucho a África para aprovisionarse de las materias primas, 100% naturales: el valioso aceite de argán, el embriagador almizcle, lavanda africana, camomila...
Yo entré a curiosear en la página porque me intrigaba mucho, desde hacía algún tiempo, el tradicional kohl árabe en polvo. Suelo ser un desastre para delinearme los ojos, así que decidí probar con esto. Gracias a Maryland supe que el kohl de Taj Sultana no era negro negrísimo, sino un gris oscuro con reflejos azules y brillos plateados. Es uno de mis tonos favoritos, y fue "lo que me acabó de enamorar".




La fotografía está sacada de la página web , y en la esquina derecha se ve el fantástico envase de madera artesana que tiene el kohl. Es una joyita. Yo no lo uso para el interior del ojo (la llamada water line) porque "mi religión me lo prohíbe". Tengo los ojitos tan sensiblones que hasta este producto que es bactericida y protege al ojo de infecciones me produciría reacción.
Además no soy partidaria de maquillar la water line porque hace dura la mirada y empequeñece los ojos. Si los tienes a prueba de bombas puedes intentar delinear con un lápiz color carne, que agranda e ilumina: yo no me atrevo ni a eso.

El kohl que recibí tiene dos grandes virtudes, además de ese tono tan, taaaan bonito. La primera es que, como está pensado para una zona húmeda del ojo, dura muchísimo. Para desmaquillarlo hay que emplearse a fondo con el aceite de almendras dulces de Deliplús, que por cierto es otro de mis hallazgos: sirve de desmaquillante eficaz y de contorno de ojos, y es suavísimo y hasta ahora no me ha producido grasa... La segunda es que, a pesar de lo duradero que es, se difumina con mucha facilidad. No me gusta trazar una línea perfecta y finita a ras de pestañas, prefiero el misterio de lo emborronado, lo inacabado, lo impreciso. Y con este kohl puedo ahumar mis ojos en un abrir y cerra de ojos.

Me ha llegado también un tónico a base de camomila orgánica y un jabón de lavanda para mi piel sensible. Ambos productos son buenísimos, pero el jabón me ha hechizado. A pesar de ser una coqueta redomada, siempre he soñado con limpiarme la cara con una pastilla de jabón como hacen mi abuela y mi madre, pero por culpa de mi piel problemática nunca lo he podido hacer. Hasta ahora. Esta pastilla de noventa gramos contiene lavanda fresca del Haouz, es espumosa y nada grasienta, y a mi piel le ha sentado como un bálsamo. No quiere esto decir que vaya yo a abandonar mi adorada Loción Cetaphil, la mejor y más suave limpiadora facial del mundo. Por las noches la seguiré utilizando junto a la esponja de celulosa que deja mi cara reluciente. Pero en las mañanas noto que necesito una limpieza más ligera y refrescante, y la esponja me resulta demasiado agresiva. El jabón de lavanda va a ser mi particular vía media entre el todo y la nada. Estoy encantada con mis nuevos descubrimientos.

Y si era bueno lo que habéis leido hasta ahora, lo mejor viene al leer los precios en la página: el kohl cuesta seis euros, el tónico otros seis y el jabón tres euros con cincuenta. Ni siquiera la también alta cosmética natural de Carla Royo Villanova es así de generosa...